La Ventana.

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Vivo entre la oscuridad, me gusta estar aquí. Me gusta evitar que los destellos de luz no dejen al descubierto nuestros horribles pensamientos. Paso el tiempo mirando la nada en donde dibujo luces de neón y figuras inmensamente maravillosas, que iluminan el rostro del titiritero colgado sobre el techo y me amenaza con sus bruscos movimientos perversos, muevo mis manos agitadamente tratando de encontrar superficies ásperas en donde ellas puedan descansar, camino en círculos como distrayendo mi ambición agonizante y bebo amargamente las botellas casi vacías a mi alrededor. No necesito nada más si estoy aquí. Luego de tan grande ajetreo, me envuelvo entre sueños en donde mi alma encuentra maravillosas y horrendas escenas que hacen arrastrarme u horrorizarme dependiendo los matices de los mismos. Constantemente despierto por las horas frías de la madrugada, algunas veces con sonrisas en mi alma y otras veces con amargos sufrimientos que entre llantos y ahogos me impiden volver a dormir. Quizá dormir es algo que nunca he anhelado. Llevo muchos años aquí, al principio me asustaba constantemente y corría por las calles en busca de ayuda. Ahora he calmado mis miedos y ellos ahora son simples aliados de la oscuridad en donde su misión consiste en desaparecer. Paso muchas horas sentado en esta silla ubicada al otro extremo de la ventana, en donde agudizo mis sentidos constamente y escucho los gemidos a mi alrededor y conversaciones absurdas en las cuales nadie es participe, pero son ellas las que siembran todas las pequeñas palabras que tímidamente repito dentro de mí, como arrullando mi angustia, que lentamente adormecida es víctima de mis violentos reproches. El titiritero una vez a la semana baja del techo y camina hacia la ventana y la abre de par en par e inmensos destellos de luz recorren su piel como si estuviera a punto de arder. Yo no tengo fuerza para detener esto, el sabe que odio cuando lo hace, pero ahora ya no le importa. Y se pasa mucho tiempo con su cabeza erguida mirando al cielo, inútilmente esperando algo. Lo cual me hace tener compasión por él y fuertemente cierro mis ojos y espero a escuchar el crujir de las ventanas al cerrar lo cual a menudo dibuja una leve sonrisa en mi rostro que no puede ser percibida e imagino como él, con resignación retoma su posición en el techo y toma los hilos que agitan fuertemente mis movimientos involuntarios y al terminar nuestro espectáculo sin ningún espectador, soy arrojado al suelo en donde encuentro la comodidad del abandono.

Fin.

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