Melancolía...

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Tendencia a la tristeza permanente.

La Cabaña.

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XX

Caminaba desde hacía, ya mucho tiempo dentro de aquel laberintico camino, era una fría madrugada de un lunes inexistente. Mi paso por el bosque resultaba casi imposible, me encontraba mareado y confuso, pero aun así buscaba mi hogar. Mis ojos tenían el residuo de aquella soledad, lo cual me impedía ver con mayor claridad la oscuridad. Tropezaba entre ramas que caían de los altos Pinus caribaea y dentro de mi alma surgían amargas cavilaciones, las cuales suprimí bebiendo un último trago de la botella que sostenía débilmente en mi mano. La arroje lo mas distante que pude al sentir como si mi Súper Yo emanara una enorme culpa al relacionar el llanto y botellas de ron, cosa que tantas veces en la cabaña había visto con un frio desdén. Buscaba la cabaña, buscaba mi hogar; la buscaba a ella! La extrañaba y más aun, Anhelaba verla, alimentarla; Tocarla.

XVII

Aturdido, me senté debajo de un enorme árbol con una curva hacia un lado, eso le daba aspecto débil, como si el viento dominara todo en aquel ser. Durante un breve periodo de tiempo, permanecí inmóvil, recordando su olor, su mirada, sus besos, sus gestos, sus gritos, sus rezos, sus llantos, su tristeza, ¡su muerte! Mi cuerpo se derrumbo en pedazos, me incorpore y continúe mi intento por encontrar mi hogar, luego de caminar unos cuantos minutos, lo encontré. Ahí estaba la vieja cabaña, llena de recuerdos. Mis recuerdos. Me detuve un instante a pensar en lo melancólico que solía evocar cada recuerdo ya a mi edad. Entonces pensé. Pensé si era correcto entrar, pensé si ella lloraría al verme, pensé si me sentiría cómodo a su lado, pensé si todo sería igual. Recordé su embarazo, recordé que debía nacer pronto. Pero ¿quién? ¿Yo? Si creo que yo era quien tenía que nacer, pero ciertamente me resistía a ello. A mi edad, me resistía casi a todo. Mayormente a lo absurdo, a lo incoherente. Así que suprimí mi manía, mi intranquilidad y finalmente mi angustia y entre.


VII

Un ambiente tétrico me acogió, me sentí por fin en casa. Caminaba lentamente esperando a que mis ojos se adaptaran a la oscuridad, aunque no en su plenitud ya que pequeños destellos de luna entraban por las pequeñas ventanas entreabiertas que dejaban al igual, recorrer una fría brisa por todo mi hogar. La cabaña. Lo conocía todo ahí, sabía perfectamente donde se encontraba colocado cada mueble, el desayunador, los adornos, el perro, las ratas y cada vaso con agua. Extrañamente siempre habían vasos con agua colocados por toda la cabaña. Cuando era niño, siempre solía buscar con frenesí cada vaso escondido en la cabaña e inmediatamente como víctima de una fuerte convicción solía arrojarlos dentro del lavabo. Cuando era niño. Ahora ya no era un niño. Ahora nada me importaba. Así que pase por alto cada vaso que encontraba en mi paso por la cabaña. Mi hogar. Pensé en beber un vaso, pero me sentía mareado aun. No podía. Tampoco debía. Además solo había llegado ahí para encontrarme con ella, Conmigo y su embarazo.

XIII

Llegue a la pequeña sala, ahí todo había cambiado, los vasos se encontraban vacios y colocados en lugares a simple vista. Antes no. Antes todo era distinto. Muy distinto. De pronto al adentrarme más en la sala encontré alguien que dormía en la cama ubicada en la última esquina de la sala, donde antes se encontraba el mueble de madera barata, que mi madre y yo habíamos pintado de negro. Ahí se mostraban las fotografías de mi familia. Me acerque a descubrir quien se encontraba ahí, camine muy despacio ya que, no juego al decir que todo era distinto en la pequeña sala. Además no quería perturbar el sueño de la persona quien dormía ahí. Me di cuenta que era mi abuela, escuche su respiración entre cortada, víctima del asma. Me acerque a su boca y respire junto con ella. Su aliento estaba plagado con olor a alcohol, que yo a mi edad, aun podía reconocer.



IV

Es de suma importancia que revele que a medida que me adentraba dentro de la cabaña. Mi hogar. Me recordaba más y más mi niñez. Pero yo, ya a mi edad, quería saber la hora en que había nacido. ¿Quién? ¿Yo? ¡Sí! A mi edad, yo, ya no recordaba la hora. Así que seguí buscando, supe que mis hermanos no estarían ahí con toda esa oscuridad, así que me sentía libre de caminar con poca coordinación de mi equilibrio. Ya estaba borracho. Camine el pasillo que conducía a los tres cuartos que poseía la cabaña sujetándome de ambos lados del pasillo. El último cuarto era el de ella y yo debía cuidarla. Al llegar a su puerta mi cuerpo temblaba exageradamente, escalofríos recorrían mi espalda hasta llegar a mis manos. Yo por mi parte hacia mi mejor esfuerzo por tranquilizarme, ella podría asustarse si me veía nervioso. Yo no quería amedrentarla. Al paso de unos minutos adapte mi pensamiento a la relajación, ahora me encontraba mejor, así que saque de mi bolsillo derecho las llaves de la puerta y lentamente abrí.


I

Al estar dentro cerré con llave la puerta. No quería que nadie entrara mientras yo me encontrara ahí. Camine suavemente mientras las sombras me dibujaban su figura tirada en la cama, me sentí terriblemente a gusto. Al llegar a su lado, no pude ver su rostro. A su edad, ella ya odiaba la luz. Y yo a mi edad, ya no me importaba nada. Supe que era ella, era tan cómodo y seguro aquel lugar, siempre lo fue. Aun en completa oscuridad. De pronto oí las ratas pasarse locamente por el armario, donde recordaba había guardado mi pequeño acordeón azul, que mi madre me había obsequiado. Pensé en ir a buscarlo ya que me encontraba ahí, pero, ¿a mi edad? ¡Me parecía absurdo! Así que simplemente me a recosté junto a ella, no sé si dormía, no sé si me sentía, no sé si podía oler mi aliento, casi no sabía nada. Todo aquello me parecía mágico e irreal, y de mis ojos brotaban copiosas lagrimas cristalinas junto a una nerviosa risa entre cortada que revelaban destellos de felicidad dentro de mí. Con la mayor ilusión acerque mi mano a su vientre, nunca lo había sentido. Empecé a acariciarlo, cuando de pronto escuche un leve llanto que provenía de ella, escuche más allá del llanto y habían oraciones absurdas. Oraciones y llantos. Su vientre no contenía nada, su embarazo había desaparecido. Me espante, palpe su vientre una vez más, yo no estaba ahí, examine con mis manos la cama suavemente al escuchar un llanto que extrañamente provenía de mi, de pronto mi mano tropezó con un bulto húmedo, era el niño, ya había nacido. Al parecer yo, había llegado tarde, y el más luego de lo previsto. Pero yo estaba ahí para cuidarlos. Sujete al niño entre mis manos, su piel no estaba bien desarrollada así que rompía con mis uñas cada zona de su cuerpo que palpaba. Lo coloque en la cama, la cual se humedeció aun más .Ella susurro un sollozo y suspiro suavemente, mientras agotaba sus palabras en su oración. Yo me encontraba casi en posición fetal a su lado, examinando aun la cama, encontré algo nuevo igualmente húmedo. Eran dos extremidades, las sujete en mis manos y horrorizado me percate que eran los brazos del niño, ella agresivamente incorporo su tronco, vi sus ojos, una mirada exacerbada me impactaba. Ahora podía ver mejor. Algo iluminaba el cuarto con una luz muy tenue casi inútil. Y yo, ¿a mi edad? Ya no conocía la luz. Sujeto al niño entre sus manos y lo levanto. No podría describir con palabras lo que sentí al ver el cuerpo del niño sin sus brazos y de su cuerpo brotaban extraños líquidos que humedecían más y más la cama, de ella. Por fin grito al niño… ¡Nadie te quiere! Y lo arrojo contra la cama, y yo, ¿a mi edad? Solo podía pensar en la muerte.

Fin.

Sparklehorse - Dreamt For Light Years In the Belly of a Mountain

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El Silencio - Edgar Allan Poe

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Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos
y las grutas están en silencio.
(Alcmán [60(10),646])

Escúchame -dijo el Demonio, apoyando la mano en mi cabeza-. La región de que hablo es una lúgubre región en Libia, a orillas del río Zaire. Y allá no hay ni calma ni silencio.

Las aguas del río están teñidas de un matiz azafranado y enfermizo, y no fluyen hacia el mar, sino que palpitan por siempre bajo el ojo purpúreo del sol, con un movimiento tumultuoso y convulsivo. A lo largo de muchas millas, a ambos lados del legamoso lecho del río, se tiende un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Suspiran entre sí en esa soledad y tienden hacia el cielo sus largos y pálidos cuellos, mientras inclinan a un lado y otro sus cabezas sempiternas. Y un rumor indistinto se levanta de ellos, como el correr del agua subterránea. Y suspiran entre sí.

Pero su reino tiene un límite, el límite de la oscura, horrible, majestuosa floresta. Allí, como las olas en las Hébridas, la maleza se agita continuamente. Pero ningún viento surca el cielo. Y los altos árboles primitivos oscilan eternamente de un lado a otro con un potente resonar. Y de sus altas copas se filtran, gota a gota, rocíos eternos. Y en sus raíces se retuercen, en un inquieto sueño, extrañas flores venenosas. Y en lo alto, con un agudo sonido susurrante, las nubes grises corren por siempre hacia el oeste, hasta rodar en cataratas sobre las ígneas paredes del horizonte. Pero ningún viento surca el cielo. Y en las orillas del río Zaire no hay ni calma ni silencio.

Era de noche y llovía, y al caer era lluvia, pero después de caída era sangre. Y yo estaba en la marisma entre los altos nenúfares, y la lluvia caía en mi cabeza, y los nenúfares suspiraban entre sí en la solemnidad de su desolación.

Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna. Y la roca era gris, y espectral, y alta; y la roca era gris. En su faz había caracteres grabados en la piedra, y yo anduve por la marisma de nenúfares hasta acercarme a la orilla, para leer los caracteres en la piedra. Pero no pude descifrarlos. Y me volvía a la marisma cuando la luna brilló con un rojo más intenso, y al volverme y mirar otra vez hacia la roca y los caracteres vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Y miré hacia arriba y en lo alto de la roca había un hombre, y me oculté entre los nenúfares para observar lo que hacía aquel hombre. Y el hombre era alto y majestuoso y estaba cubierto desde los hombros a los pies con la toga de la antigua Roma. Y su silueta era indistinta, pero sus facciones eran las facciones de una deidad, porque el palio de la noche, y la luna, y la niebla, y el rocío, habían dejado al descubierto las facciones de su cara. Y su frente era alta y pensativa, y sus ojos brillaban de preocupación; y en las escasas arrugas de sus mejillas leí las fábulas de la tristeza, del cansancio, del disgusto de la humanidad, y el anhelo de estar solo.

Y el hombre se sentó en la roca, apoyó la cabeza en la mano y contempló la desolación. Miró los inquietos matorrales, y los altos árboles primitivos, y más arriba el susurrante cielo, y la luna carmesí. Y yo me mantuve al abrigo de los nenúfares, observando las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad, pero la noche transcurría, y él continuaba sentado en la roca.

Y el hombre distrajo su atención del cielo y miró hacia el melancólico río Zaire y las amarillas, siniestras aguas y las pálidas legiones de nenúfares. Y el hombre escuchó los suspiros de los nenúfares y el murmullo que nacía de ellos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces me sumí en las profundidades de la marisma, vadeando a través de la soledad de los nenúfares, y llamé a los hipopótamos que moran entre los pantanos en las profundidades de la marisma. Y los hipopótamos oyeron mi llamada y vinieron con los behemot al pie de la roca y rugieron sonora y terriblemente bajo la luna. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado en la roca.

Entonces maldije los elementos con la maldición del tumulto, y una espantosa tempestad se congregó en el cielo, donde antes no había viento. Y el cielo se tornó lívido con la violencia de la tempestad, y la lluvia azotó la cabeza del hombre, y las aguas del río se desbordaron, y el río atormentado se cubría de espuma, y los nenúfares alzaban clamores, y la floresta se desmoronaba ante el viento, y rodaba el trueno, y caía el rayo, y la roca vacilaba en sus cimientos. Y yo me mantenía oculto y observaba las acciones de aquel hombre. Y el hombre tembló en la soledad; pero la noche transcurría y él continuaba sentado.

Entonces me encolericé y maldije, con la maldición del silencio, el río y los nenúfares y el viento y la floresta y el cielo y el trueno y los suspiros de los nenúfares. Y quedaron malditos y se callaron. Y la luna cesó de trepar hacia el cielo, y el trueno murió, y el rayo no tuvo ya luz, y las nubes se suspendieron inmóviles, y las aguas bajaron a su nivel y se estacionaron, y los árboles dejaron de balancearse, y los nenúfares ya no suspiraron y no se oyó más el murmullo que nacía de ellos, ni la menor sombra de sonido en todo el vasto desierto ilimitado. Y miré los caracteres de la roca, y habían cambiado; y los caracteres decían: SILENCIO.

Y mis ojos cayeron sobre el rostro de aquel hombre, y su rostro estaba pálido. Y bruscamente alzó la cabeza, que apoyaba en la mano y, poniéndose de pie en la roca, escuchó. Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO. Y el hombre se estremeció y, desviando el rostro, huyó a toda carrera, al punto que cesé de verlo.

Pues bien, hay muy hermosos relatos en los libros de los Magos, en los melancólicos libros de los Magos, encuadernados en hierro. Allí, digo, hay admirables historias del cielo y de la tierra, y del potente mar, y de los Genios que gobiernan el mar, y la tierra, y el majestuoso cielo. También había mucho saber en las palabras que pronunciaban las Sibilas, y santas, santas cosas fueron oídas antaño por las sombrías hojas que temblaban en torno a Dodona. Pero, tan cierto como que Alá vive, digo que la fábula que me contó el Demonio, que se sentaba a mi lado a la sombra de la tumba, es la más asombrosa de todas. Y cuando el Demonio concluyó su historia, se dejó caer, en la cavidad de la tumba y rió. Y yo no pude reírme con él, y me maldijo porque no reía. Y el lince que eternamente mora en la tumba salió de ella y se tendió a los pies del Demonio, y lo miró fijamente a la cara.

FIN

Lo Siniestro.

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De Ella.

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Me relaje un poco a pesar de sentir cierto temor,
senti la atraccion de entrar a ese lugar oculto,
de eterna angustia melancolica.
Tormento, Afliccion y penas.
Laberintos.
Todos esos sentimientos se revolcaron en mi,
a la vez una curiosidad tremenda de descubrir el alma que provocaba esa rara ilusion,
me parecio que habia una confusion en las notas!
en el alma,
en la de ella.
Mi propia alma.

Lo Siniestro.

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I

Al llegar la Noche:
Tome el estrecho callejón a la izquierda, ahí, Lorena me esperaba. Su rostro lánguido proyectaba un terrible descuido así que me limite a decir hola. Sonrió, frunció el seño y callo. Espere los siguientes 37 segundos totalmente anonadado, hasta que ella prosiguió y me exhorto a besarla,  yo tímidamente atraído por mis absurdas emociones, me acerque. Ella se aferro a mí y luego atrapo mi boca en su engaño. La duda broto de mi mente mientras su boca manaba extraños sabores putrefactos, su agresividad calo mis mejillas hasta provocar un fluido de sangre en el cual me ahogaba y sus dientes uno a uno caían presas de nuestro frenético encuentro, yo aterrado ante esto, la separe con violencia y me dirigí a sus ojos. Su mirada terriblemente obsesiva impactaba en mi boca, inmediatamente alzo sus ojos y los situó justo en los míos al mismo tiempo que yo bajaba mi mirada y la situaba en sus labios perfectamente curvados de un leve grosor que dejaban ver la humedad y la sed de nuestra pasión. Luego enloquecí.  Volví a sus ojos, sus pupilas dilataron y lentamente la expresión eufórica plasmada en su rostro desvaneció y adopto un semblante de amargura y sus ojos lloraron mientras iniciaba un suave discurso en el cual aludía a la enajenación en la cual se encontraba profundamente sumergida. Tengo miedo Gemio, mientras intentaba secar un leve brote de lágrimas, estas penas dentro horrorizan todo a mí alrededor, distorsionan lo que es real, me ubican en sentimientos ajenos a mi persona y mi fe se derrumba bruscamente. De pronto todos desaparecen y nadie más importa. He estado encerrada en mi cuarto estos últimos 17 días, -prosiguió-  de los cuales  dormí muy pocas horas y el resto eran agonías y constantes perdidas del juicio, intentaba plasmar en mi libreta semejante tortura pero mis sentimientos se deformaban tras desaparecer con asiduidad. Después de esto hubo un silencioso lapso de tiempo, no supe que decir, eso es todo asi que dirigí su mirada hacia arriba y un cielo purpura deslumbro nuestra noche, era maravilloso, como si la oscuridad en la cual nos encontrábamos de pronto empezaba a tener matises mas claros lo cual produjo en Lorena una leve sonrisa que desfiguro su rostro y yo exaltado por mi intuición, mire hacia abajo y un perro vagabundo rompío el silencio eterno de aquella noche y juntos perseguimos en lento paso del perro con nuestras miradas, hasta verlo salir de donde nos encontrábamos en aquel callejón a la izquierda. Le tome la mano con delicadeza y caminamos a la salida de aquel inhóspito rincón. Al salir tomamos la calle Kennedy hasta llegar a la intercepción que nos conduciría al lugar donde habíamos empezado todo. Al llegar eran las 12 menos cuarto, aquella noche templada hacia recorrer una leve brisa que acallaba las pocas personas que a esa hora transitaban las calles, nos sentamos y esperamos el momento a romper el hielo entre nosotros cuando de pronto divise una silueta que se aproximaba. Era una mujer de edad media que no llegaba a los 40 años, su aspecto desidioso y afligido me hizo recordar a Lorena, volteé a  su lado y durante un perenne asombro vi como en su rostro se dibujaba una leve sonrisa que paulatinamente se agigantaba hasta llegar a la más cruel carcajada, la vi con recelo un largo tiempo mientras la mujer se situaba justo enfrente de nosotros, a esto Lorena se levanto y me advirtió que daría un paseo, dejándome solo con esta mujer delante de mí. Yo proteste por su seguridad pero ella simulo no escucharme y apresuro sus pasos, yo la seguí con mi mirada y juro haber visto como ella se esfumaba entre la oscuridad. Volví mis ojos en dirección de la extraña mujer, vestía una blusa a cuadros que parecía estar desgastada del constante uso y un pantalón de tela roja totalmente descolorado.
De pronto un pánico terrible se apodero de mí mientras ella me observaba con una inmensa placidez lo cual me dejo aun más aterrado. A esto debió  haber pasado aproximadamente 2 minutos y medio desde que Lorena se había marchado y esta señora se situara enfrente de mí con una mirada perdida.  ¿Qué quiere? Exclame, y aun así ella no cambio su postura, luego de un momento intento articular una palabra, su boca entreabierta me lo revelo pero no pudo lograrlo. Me inquieta su tardanza  -repuse - y ella con el más duro esfuerzo plasmado en su rostro y una voz temblorosa y áspera que lentamente se acrecentaba, balbuceo: ¡Sed!  Aquella palabra me dejo atónito, así que le ayude a sentarse y fui en busca de agua a pasos apresurados.  Aquella caminata me ayudo a despejar mi cabeza. Pensé en Lorena y luego en la extraña noche que vivíamos. Cuando de pronto divise un objeto en el suelo, me acerque y no pude creer lo que veía, ¡era una cantimplora! La recogí y rápidamente la abrí, vi que estaba llena de un líquido extraño. Era azul metálico, lo supe al derramar un poco sobre el pavimento y además era muy espeso. Una insólita convicción infalible se aferro a mí en ese momento, y supe que eso bastaría. Volví al sitio donde aquella señora había de esperarme sentada muerta de sed, al llegar se había ido.  Deje caer la cantimplora y una poderosa sensación de nostalgia se apodero de mi alma al ver aquella banca totalmente vacía. Caí desconsolado y totalmente horrorizado, no podía comprender nada de aquella noche y todo aquello empezaba a extrañarme. Luego de un largo rato tirado en el piso reflexionando, me puse en pie, estaba totalmente oscuro y en las calles no se escuchaba ya ningún transeúnte, mire al cielo y me sorprendió su completa nubosidad, una ráfaga de viento me acogió justo cuando empezaba a caminar y el polvo daño mis ojos dejándome momentáneamente sin visión por lo cual rápidamente los frote y al abrirlos entre una vista borrosa e irritada advertí la presencia de aquella maldita señora sentada siempre en el mismo lugar de donde se había marchado, me pasmo ver que en sus manos tenia la cantimplora y la bebía vertiginosamente. Me largue inmediatamente de ahí y mi cuerpo estaba completamente frio, vi una vez más al cielo y esta vez lo contemple totalmente despejado y de un negro oscuro. Aquel extraño día trataba de aniquilar mi juicio. Así que decidí ir a casa y pasar la noche descifrando todo aquello que no encajaba.
Al llegar a casa eran las 1:45 am, encendí el interruptor y una breve y cotidiana descarga eléctrica invadió mi cuerpo. Recordé que tenía un loro. Fui a la cocina, tome su frasco de agua  y me dirigí a su jaula, la abrí con mucho cuidado e introduje el recipiente dentro, el continuaba dormido. Al finalizar mi tarea el recuerdo de aquella señora invadió de nuevo mi mente, camine al escritorio y en eso recordé aquel extraño liquido azul que tomaba de la cantimplora, tuve una extraña premonición así que espantado corrí hasta la jaula y la abrí rápidamente, retire el recipiente y con terror lo tire al suelo, vi como lentamente brotaba de él aquel liquido espeso y de color azul radiante. Era imposible, yo mismo había vertido el agua en el recipiente. Me dirigí a la jaula, la abrí de nuevo con mucho cuidado y trate lentamente de despertarlo acariciando sus plumas, era en vano ya que se encontraba duro como una roca. Había muerto días atrás, y yo ni siquiera me había percatado de ello. Lo lleve al refrigerador y ahí lo deje caer, una pequeña lagrima mojo mi mejía derecha, corrí a la cama, trate de ahogarme con la almohada y rompí en llanto. Llore alrededor de una 1 hora con 13 minutos hasta que empecé a sentir que todo lo que me ahogaba se desvanecía. Dormí.
Al llegar la mañana, desperté, un dolor terrible empezó a martirizar mi cabeza, Salí rápidamente de la cama, experimente una sensación de vértigo y luego las nauseas se manifestaron así que corrí al baño, levante la taza del servicio y fui víctima de fuertes espasmos, trate irremediablemente de calmarlos y en la última contracción, vomite.  Sentí como si piedras punzantes  atravesaban mi  esófago mientras un vomito asquerosamente viscoso caía en el retrete. Intente examinar el resultado de aquella horrible sensación y una vez más encontré un deslumbrante color añil, que manchaba parte del interior del inodoro. Permanecí azorado con mi mirada fija cuando de pronto vi que emergió una pequeña capsula de plástico transparente entre la espuma. Al reponerme, con mucha dificultad me puse en pie, camine al botiquín y alcance un guante que rápidamente puse en mi mano derecha, volví y la pequeña capsula había desaparecido. Enfurecí y empecé a agitar con violencia aquel vomito malditamente absurdo y mi cara era víctima de grandes salpicaduras de aquel viscoso extraño vomito, lo cual provoco que una vez más aquella píldora emergiera entre la espuma por segunda vez, así que rápidamente la tome y me dirigí al lavabo, arroje el guate y di un vistazo a mi rostro tras el espejo del botiquín y observe mi rostro manchado de un espeso índigo color que lentamente descendía por mi frente y mis mejillas, por un momento pensé que algo estaba alterando mi cabeza desde la noche anterior pero hice caso omiso y proseguí. Vi atentamente la píldora y al limpiarla vi que contenía una especie de diminuto papel perfectamente enrollado dentro. Partí en dos la capsula y tome el diminuto papel que luego cuidadosamente extendí. Contenía una  escritura extraña y aun con mi afán de resolverlo, me resulto imposible de descifrar debido a su minúsculo tamaño. Corrí a mi escritorio y jale bruscamente la gaveta y vi como esta caía al suelo tirando todo su contenido alrededor, moví el revoltijo y mi lupa apareció debajo de una pequeña libreta negra en la cual solía llevar ciertos apuntes, la tome y me senté en el escritorio. Al ver atreves de mi lupa el escrito asumí que aquellos garabatos podrían ser Griegos, busque en el librero una empolvada enciclopedia que hacía mucho no había abierto, la puse sobre el escritorio y comencé a hojear sus páginas ya muy desgastadas. Luego de un momento encontré un pequeño artículo sobre el famoso comienzo de la Ilíada de Homero en el que se canta la cólera de Aquiles, con el cual pude comparar mi escrito. Satisfactoriamente concluí en que el texto estaba escrito en griego.
Copie  el escrito a un papel de mayor tamaño y lo arroje sobre el escritorio. Sentí que me desvanecía así que decidí ir a la cama y recostarme unos minutos, eso me hizo sentir mejor y me quede contemplando el techo de mi habitación y empecé a tratar de olvidar estas extrañas cosas en  las que me había visto involucrado. Pensé en si mi juicio estaba siendo alterado y luego un pequeña mancha en el techo me evoco al loro y una vez más mis ojos se humedecieron rápidamente y empezó un amargo llanto que entre sollozos y lagrimas me atormentaron. Pase unos minutos tendido en la cama llorando cuando de pronto precipitadamente me puse en pie y camine hasta el escritorio, tome el escrito que había dejado en él y le eche un vistazo.
El escrito era el siguiente:
μεταλλικό μπλε χρώμα είναι ένα πολύ ισχυρό στην ψυχή, συνδέεται με τη λειτουργία του εγκεφάλου και είναι ένα διεγερτικό για τη φαντασία και η διαίσθηση, είναι επίσης ένα ισχυρό ηρεμιστικό...